Felipe II gobernó durante casi cinco décadas una estructura política enormemente compleja: la Monarquía Hispánica. Compleja en su formación, compleja en sus dimensiones internas, compleja en sus problemas y compleja en su proyección exterior. Una proyección que le lleva a señorear medio mundo, por lo que ha de defender sus múltiples intereses y enfrentarse a oposiciones tan enconadas como diversas en planteamientos de difícil, cuando no imposible, solución. Y en gran medida, la responsabilidad de los aciertos y fracasos —muchos, tanto los unos como los otros— recae sobre el hombre que asumió su función de gobernante con una responsabilidad y minuciosidad exclusivista, desconfiada —huraña, a veces—, pero tremendamente comprometida con unos ideales y unos principios rotundos y nítidos, secundados por una amplia galería de personajes muy diversos —los “hombres del rey”—; principios presentes en la mente y en la conducta del soberano, aunque no siempre comprendidos ni compartidos.